EN TEORÍA
En teoría nada es para siempre, todo termina. "La vida es efímera", dicen los libros que autoayudan, los buenos amigos para aliviar la tristeza; eso auguran las abuelas que comprenden de simplezas y resignaciones, lo mismo pensamos cuando somos jóvenes y creemos que la vida es una carrera sin meta, siendo tan dueños del tiempo y de nosotros mismos. En teoría.
En la teoría, todo funciona de maravilla. Pero en la práctica, las cosas se vuelven incomprensibles, el gran muro de las certezas de derrumba y todo se desordena. Sabes que algo terminará en cualquier momento, abruptamente o desgastándose lenta y dolorosamente. Y entre más te aferras a esa verdad, más te alejas y no crees que va a pasar, o al menos, no tan pronto. Entonces te creas una burbuja donde te proteges del futuro y su adversidad, estas quietesita, cómodamente viendo como la vida se vive a sí misma. Hasta que pasa. Un día, la burbuja estalla. Y resbalas. Te aturde el ruido estrepitoso de la caída, y te dices a ti misma ¿Qué pasó? ¿Por qué ahora? ¿Por qué así, de esta manera? Tantas preguntas saltando y chocando entre sí, como si estuvieran encerradas en un cubo de espejos intentando escapar, te pierdes y no comprendes la magnitud del daño. No todavía. Para eso, primero debes reaccionar como si la vida te hubiera pateado el culo por sorpresa, así, sin avisar, como suele hacer. Todo se debate entre el dolor emocional que da directo en el ego y la pataleta infantil ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué putas haces esto? Sabes que no estaba preparada y te vienes con esto, justo cuando empezaba a sentirlo, cuando había derribado los muros que me impedían abrazar la incertidumbre constante que es el amor romántico con sus dulces y apasionados placeres encerrados en una burbujita de fantasías empalagosas y toda la cursilería del caso.
Es decir, sabía que iba a pasar, en cualquier momento, pero ¿por qué ahora? En conclusión, pase cuando pase, nadie estará lo suficientemente preparado para afrontarlo con la madurez necesaria. Punto.
Es decir, sabía que iba a pasar, en cualquier momento, pero ¿por qué ahora? En conclusión, pase cuando pase, nadie estará lo suficientemente preparado para afrontarlo con la madurez necesaria. Punto.
Entonces sucede que después de recibir la patada en el culo a penas logras reaccionar y todo se bloquea: "debe ser una broma", "esto no puede ser" y viene la negación, la muerte súbita de los argumentos válidos. Simplemente no sabes qué decir, tanta mierda revolcándose adentro y tu mirando un punto fijo en la confusión, dejando crecer la ira que se atasca en una rabieta de niña caprichosa con las lágrimas resbalando por tus mejillas hirviendo, tus manos se desesperan y quieres salir corriendo de ese lugar infernal o tal vez golpear algo, lo que sea, su cara estaría bien, o tal vez a ti misma, darte una bofetada, para que reacciones de una vez. Pero en lugar de manifestar la violencia del ego herido, te sumerges en un silencio sollozante. Te quedas ahí, así, mientras escuchas su llanto absurdo y las frases sin sentido que te aprisionan el pecho. Sigues sin decir nada, tratando de calmar el desastre adentro y comprender la escena. Miras a tu alrededor, te das cuenta que el lugar, el espacio íntimo en el que están, la cervezas al clima, los tonos rojizos, los adornos saturados, ese aroma a bar recién abierto, la atmósfera tranquila y la música del desamor, todo estaba fríamente calculado y puesto en su sitio para ser el telón de fondo del mismísimo puto drama.
Te están terminando, es en serio, te están botando ¿Entiendes? - Pero no estoy preparada para esto. - ¿No te das cuenta? ¡Despierta! ¡Ya deja de llorar! Entonces, vuelves a la escena y te das cuenta que en serio se acabó. Te sientes tan ridícula que lo único que se te escapa es un: ¿Y eso es todo? Gritas en silencio y te tragas el dolor. "Todo fue una mentira", le dices con voz débil y llorona.
Te están terminando, es en serio, te están botando ¿Entiendes? - Pero no estoy preparada para esto. - ¿No te das cuenta? ¡Despierta! ¡Ya deja de llorar! Entonces, vuelves a la escena y te das cuenta que en serio se acabó. Te sientes tan ridícula que lo único que se te escapa es un: ¿Y eso es todo? Gritas en silencio y te tragas el dolor. "Todo fue una mentira", le dices con voz débil y llorona.
Te comprimes, te reprimes, más y más y de repente, te sales de ti. Hay un silencio insulso. Luego, una voz remota te habla y sientes que una fuerza interna te posee, entonces asumes el papel de narrador omnisciente. Es momento de tomar el control, te dices. Ahora eres el director del teatro farsante. Permites que la escena se desarrolle con normalidad, dejas que los personajes lloren, se odien, se juzguen, se abracen, se susurren promesas al oído, se besen, con ternura y llanto, luego con pasión, hasta que ardan y se deseen de nuevo y luego los recorra el escalofrío, y tengan que parar. Porque "esto no puede seguir", se dicen.
Todo pasa contrario a lo esperado, es un teatro de lo absurdo donde todo puede pasar y pasa. El personaje principal sufre pero se siente tranquila, porque tiene la serenidad para decir de una manera elocuente todo lo que siente y piensa, no se contiene. Acepta que la dejen, pero se va con la cabeza en alto, pues no es ella la cretina de la noche.
Se agota el tiempo y la cerveza, se secan los corazones y las razones. Todo está dicho. Es hora de irse. Levanta tu culo y la poca dignidad que te queda y sal de ese bar de mala muerte.
Salen, hace un fío de mierda, caminas a su lado con la tristeza enredándose en tu cuello. Un abismo de silencio te muerde el corazón y de fondo la lluvia pequeñita avisándote que otra historia terminará en un paradero de bus. Abrazan el último recuerdo que les queda. Ella dice: “adiós hermosa” y tú le contestas con una sonrisa tímida y resignada, que dice "hasta nunca perra, vete a la mierda"
Tomas el bus de regreso y te preparas para recoger tus pedazos dispersos en el aire, en las lágrimas, tus añicos tirados en el suelo. No quieres llegar a casa, no quieres que te vean rota, pero parece que el mundo lo nota en tus pasos afligidos. No puedes encubrir la tristeza, no puedes ocultar las bolsas bajo los párpados. Arrastras el cuerpo como un lastre, cargas un peso que no es del todo tuyo, pero es la carga suficiente para decir que se han llevado parte de ti, que te han dejado vacía.
Llegas a casa y lo único que quieres es dormir, solo quieres apagarte, que se joda el mundo entero. Pero antes te acuerdas de llorar y te desahogas con la almohada, bajo las cobijas, ese lugarcito recóndito y calientico lejos de todo. Te sientes tan miserable, con tantas preguntas que al final te vence el sueño, un mal sueño, pesado, con dulces pesadillas en la madrugada y ella visitándote en espejismos. Solo le pides que se vaya, que no vuelva, que te deje en paz.
Despiertas. Es viernes, un viernes de mierda. Te cuesta levantarte, apenas puedes moverte. Todo se vuelve difícil de respirar, el pecho se aprisiona, el pensamiento se atasca. El aire se vuelve denso y lento pasa el tiempo. Con la tristeza encapsulada en las pupilas se hace imposible descifrar lo que se siente no ser nada. Todo duele, todo es gris. Y ahí estás, luchando por intentar ser algo entre tanta mierda.
Habías olvidado esa sensación extraña, que no tiene nombre, que es una intrusa en el cuerpo, es un huésped indeseado. Invade tu sistema y todo lo contamina de una tristeza indecible. Sin embargo ese dolor muerto que te sobrecoge también te hace sentir viva, recuerdas que la vida también es eso. Aunque esperas no permanecer mucho tiempo en ese lugar sin salida. Confías en que la tormenta disipará sus nubes, las dudas.
¿De qué se trata todo esto? De volver a empezar, te dices, aunque no te convenzas. Volver a empezar, cada día. Destruye lo que eres hoy y comienza a hacerte un nuevo molde mañana, sí, así, aunque parezca que no tiene sentido, es porque estás acostumbrada a la permanencia de las cosas y aunque permanezcan un tiempo, igual se transforman o al menos eso debes procurar. Es la única manera de sobrevivir en el caos, de asumir el riesgo que implica vivir.
Ahora, levántate y continua andando. Acostúmbrate, te romperán el corazón mil veces. En la práctica, la vida es la mejor y más motivante pateadora de culos que se pueda encontrar.
Ahora, levántate y continua andando. Acostúmbrate, te romperán el corazón mil veces. En la práctica, la vida es la mejor y más motivante pateadora de culos que se pueda encontrar.
H.S.
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