VIAJE SIN RETORNO

Archivo personal H.S.


Un llamado remoto se avecina. De un universo íntimo la voz acude, manifiesta sus presagios tiernos: risas que duelen, llantos que abrazan océanos, cuerpos fragmentados, rotos. Un tiempo imperfecto insistió en abandonar el encuentro, pero la fuerza de la ola cósmica arrivó el ultimo día de la creación bíblica, día 7, el primero de un viaje de muertes y nuevos soles. 

Un eco resuena en los átomos, hace temblar las sonrisas de emoción. Las nubes recostadas sobre la tierra dolorida, me recuerdan que solo somos niños jugando a abrazar el aire, como si la dicha única fuera el asombro de los que abren sus ojos por primera vez y se enceguecen de amor por ser tan poco en medio de tanta grandeza, un asombro que no cabe en las pupilas desgastadas por el peligro de lo cotidiano. 

En el descenso el tiempo se ablanda. De a poco se va asomando un azul difuso que florece en el aire ligero y se confunde con el cielo marino. Celeste forma de acercarnos en el camino, entre aromas de trópico, músicas frutales en cada puerto, el bullicio de los mercados y el sabor dulce y jugoso del mango maduro. 

Al ritmo de los días encendidos, se llega al encuentro, atravesando grutas escondidas, rutas insospechadas, parajes verdes, exuberantes descensos, cargados de dolores mundanos. Sobre la espalda el peso de la esperanza apenas asoma la mirada. Cuesta arriba el infierno, cuesta abajo un camino incierto, un cuerpo empapado de fatiga y rendición. La cumbre está cada vez más lejos de la tierra, más adentro el cielo grita. El oxígeno se corta, se nubla la valentía. Afuera se apaga el fuego, mientras adentro, insignificante una luz palpita: “No te rindas, pronto nos abrazaremos”. 

¿Cómo salvarse para llegar? ¿Cómo no caer? ¿Cómo no morir en el intento? 

Te rindes. Tiras el peso de las exigencias falsas, abandonas la lucha. Caes. Pero antes de morir, de las profundidades, un angelical llamado de inmensidad, un rumor de olas estremece el aire entrecortado. Entonces, débil, saboreas el dulce elixir frutal para recobrar el aliento, la vida. Las lágrimas gloriosas sanan el cansancio, advierten que merecido es el viaje y el encuentro. La batalla recupera su fuerza, una voz leve resuena: “El camino es para ti”.

El llamado es cada vez más cercano, más adentro. En cada paso, un sabor a sal, una esencia marina. A lo lejos, un azul océano, profundo, al fin se clava en el aire y se arremolina como la eternidad. 

Lo innombrable me abraza, y me digo: “Nos esperábamos, en algún confín de la tierra, andábamos para encontrarnos. Al fin, el tiempo es perfecto, no antes, no después, el amor es ahora”. En una imagen inmaculada, los mil rostros del universo se descubren en mi reflejo que renace de las sombras para ser unidad y gozo en un instante eterno. 

 “Soy la gota que rebosa el océano, soy el infinito en una lagrima que brota y llora”.

H.S.




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