UNA VISITA DE MÉDICO
El aire escaso habita el espacio que ya no nos invita a entrar. Respiramos el mismo oxigeno sucio de años, encerrado entre los muros que guardan secretos y moho. Enfrentamos un corredor que conecta con la penumbra pero que no atravesamos, nos quedamos en el primer cuarto a la derecha. No nos atrevemos, ya no es nuestro hogar.
Al final de la oscuridad, ellos ya no están. Se llevaron todo para siempre. Solo nos queda este primer cuarto a la derecha. Allí sobreviven las sombras, de ellos, roídas por la mezquindad del olvido. Dentro del cuarto hay una luz opaca que demarca nuestras siluetas cansadas. Sobre un lecho de tristezas, reposa la vida que se asfixia. Un motor se agota en cada respiro y nosotros respiramos con esfuerzo su cansancio. – Toma nuestro aire, es lo único que nos podemos dar como el clan que nunca fuimos. Quédate con el aire vacío que ellos nos dejaron, toma su aliento y continua arrebatándole los latidos a la muerte, porque están contados, nuestros pasos y suspiros.
La casa también nos abandona, se va con su vejez, su humedad, su frío. Se lleva consigo las voces apagadas de infancias remotas, las fiestas y los banquetes, el odio irreconciliable, la tristeza y la enfermedad que carcome las paredes. Ahora, solo eres una bocanada de humo, un cuerpo abandonado. Ellos quieren descansar y tu lo deseas también, pero no sabes cuándo, el aire se agota y el tiempo te sobra.
Mientras pasa nuestra visita al paciente, entre silencios incómodos, le arrancamos el oxigeno a este fuego que se extingue. Entramos sin atravesar el umbral, porque allí no nos espera nada más que la vida fuera de este habitáculo de familia al que ya no pertenecemos, pues no sabemos si ésta puede ser la última visita al abuelo del primer cuarto a la derecha.
H.S.
H.S.
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