SILENCIO BLANCO





Archivo personal H.S.
El llanto de los niños cruje en los pasillos repletos de espectros de rostros pálidos. Sobre los adoquines salpicados de sombras caminan las sonrisas congeladas, los cuerpos de piedra, las miradas distantes. Las madres lloran la fragilidad de sus niños y abrazan sus dolores que son los de ellas porque vivir para ellos es parir la vida entera, es reír sus tristezas para calmar el sufrimiento de sus años tiernos, es tragarse el miedo entero para darles la seguridad que el mundo no les ofrece, es inyectarse la angustia para protegerlos de la enferma realidad.


Ocultarse tras una máscara serena para curar sus cuerpecitos, anhelando que el amor los salve de ese laberinto de muros blancos y silencios de noche, de pasos fantasmas, enfermeras y agujas.

Tras las puertas sin umbral, el frío escuálido de las horas avanza con doloroso pesar. Tras las puertas siniestras, las voces apagadas anuncian una espera interminable. Ascensores vacíos recorren los pisos repletos de fantasmas y llantos. Hombres sin rostro, llenan los espacios con murmullos y miradas vigilantes.

De repente, en la penumbra, una puerta se abre y se alimenta la esperanza, un sacerdote con túnica impecable anuncia un diagnóstico de salvación. Otras veces, todo está impregnado de un silencio blanco,  todo está tan quieto que ni la muerte se asoma a dar su veredicto.

H.S.



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